CÁNTICOS DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Los cánticos de la natividad del Señor llevan el nombre de la primera letra de su traducción al latín. El cántico de María de Nazaret es el Magnificat (Lc. 1:46-56), el cántico de Zacarías es el Benedictus (Lc. 1:67-79), el cántico de las huestes celestiales “In Gloris Excelsis” (Lc. 2:14), y el cántico de Simeón es el Nun Dimittis (Lc. 2:29-32). Son cánticos proféticos de singular belleza con el sello inconfundible de la poesía hebrea y fuerte influencia teológica del Antiguo Testamento. Cánticos arrítmicos inspirados por el Espíritu Santo, que expresan la más profunda y vehemente esperanza de salvación traída por el Mesías a los hombres.

DEL NACIMIENTO DE JESÚS
Belén, era en aquellos días un pequeño poblado de unas doscientas casas apiñadas sobre un cerro, rodeadas de olivas y vides, cuyas calles polvorientas hablaban de la pobreza de la ciudad elegida por el Dios de Israel para enviar a su Mesías a nacer en este mundo. El Belén de aquella generación no era el que tenemos en nuestros ideales en el siglo XXI, pero de Belén no podemos escapar: toda la humanidad está conminada a mirar hacia ella, porque allí nació Jesús, el Santo de Dios, el Hijo eterno. En fin, todos los que nos llamamos cristianos tenemos un rincón de nuestros corazones para la ciudad de Belén.

El Salvador no nació en un alegre pórtico de columnas, ni tampoco en un pesebre de confitería de diversos colores. Él nació en una gruta natural de las tantas que hay en los alrededores de Belén. Si Dios quería venir al mundo como hombre, ¿por qué venir por esta puerta trasera de la pobreza y la marginación? Si venía a salvar a todos, ¿por qué nacía en esta inmensa soledad? ¿Por qué había elegido a María de Nazaret, para ser madre de la humanidad del anunciado Salvador? ¿Por qué aquella humilde adolescente campesina? En la cueva no hubo manifestación de ángeles, ni de luces, ni voz audible de Dios, ni expresión alguna de sobrenaturalidad adicional. El milagro que dominó el escenario del pesebre fue el niño Dios, Jesús, que había dejado su trono en el tercer cielo, para poner por trono entre los hijos de los hombres, el pesebre de Belén.

La encarnación del segundo en la Trinidad es el salto de la eternidad al tiempo, desde la plenitud de Dios a la mortalidad del hombre. La plenitud de Dios hecho hombre, el no saber hablar al nacer, era la prueba definitiva de que se había hecho íntegramente hombre. El cielo impenetrable se abrió y nos mostró que no es tan aburrido como en nuestro tradicionalismo religioso le habíamos imaginado. En tanto que, los generales del imperio romano, mostraban al mundo de entonces la fuerza de la espada. Este bebé que nació en Belén traería al mundo el instrumento que cambiaria al hombre de cada generación: la fuerza infinita, avasallante e indestructible del amor.

EL MAGNIFICAT
El cántico de María de Nazaret fluye en un momento de gozo, cuando se encontraba en la casa de Zacarías y Elizabet, en una ciudad ubicada en una montaña de Judea (Lc. 1:39-41), en el Medio Oriente. La alegría conduce al canto y a la improvisación poética. Así cantó Miriam la hermana de Moisés, Débora la profetisa, Ana la madre de Samuel. El cántico de María tiene todas las características de la poesía hebrea: el ritmo, el estilo, la construcción y numerosas citas de pasajes bíblicos. Gran parte de las frases de su cántico tiene paralelos en los Salmos tales como el 31:8, 34:4, 59:17, 70:19, 89:11, 95:1, 103:17, 111:9, y 147:6; en los libros de Hab. 3:18; Pr. 11 y 12, y en el cántico de Ana la madre de Samuel (1S. 2:1-11). En las palabras de María de Nazaret, se anticipa la visión de salvación que Dios traerá a través de su Ungido, el Mesías.

En el Magníficat, no hay alardes literarios: es un cántico bello, sencillo y con declaración profética revolucionaria. Su contenido consta de cinco estrofas: 1ra. (Lc. 1:46-47), manifiesta la alegría del corazón y la causa de ese gozo. 2da. (Lc. 1:48), señala que ella será llamada bienaventurada por las generaciones. 3ra. (Lc. 1:49-50), -que es el centro del himno- santifica el nombre de Dios y exalta su misericordia. 4ta. (Lc. 1:51-53), proclama al Mesías y señala la diferencia entre el Reino de Dios y el de los hombres. 5ta. (Lc. 1:54-55), alude al cumplimiento de la promesa mesiánica que Dios prometió a Abraham y a su descendencia. El cántico de María de Nazaret proclama que Dios es vengador de los humildes y de los oprimidos, y derriba de su trono a los poderosos de este mundo. Y defiende la justicia, con la manifestación del Mesías, como expresión de la fidelidad que prometió a Abraham y a Israel.

EL BENEDICTUS
El cántico de Zacarías, conocido en los ámbitos de la teología técnica como Benedictus, comprende dos partes. La primera: dedicada a la fidelidad y misericordia de Dios al enviar a su Mesías (Lc. 1:67-75). La segunda: está orientada a Juan el Bautista, profeta del Altísimo, nacido para anunciar la presencia del Señor y preparar su camino, como expresión de la misericordia de Dios (Lc. 1:76-79).

EL IN GLORIS EXCELSIS
Cuando el ángel se le presentó a los pastores en los campos de Belén, la gloria del Señor los rodeó de resplandor y tuvieron gran temor (Lc. 2:9). Ya es conocido en las escrituras sagradas el temor de los humanos ante la sobrenaturalidad de Dios, y el “no temas” de los ángeles. Los pastores sentían mayor temor que María, José y Zacarías, ya que ellos eran hombres rudos y ásperos, que no cultivaban la espiritualidad, sino que dedicaban todo su tiempo al trabajo. Sin embargo, el ángel no hace ninguna presentación ni dice que viene de Dios. Sencillamente comienza a dar la buena noticia y usa un lenguaje que aduce a que los pastores comprenden lo anunciado por los profetas. Pero el ángel les dijo: “no temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo; que os ha nacido hoy en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto os servirá de señal; hallareis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre; y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc. 2:10-14).

La natividad del unigénito del Padre es la sublime expresión de gloria a Dios en las alturas, en su trono, en su reino y dominio en el universo. La buena noticia del nacimiento del Ungido exalta y glorifica al Padre, el gran diseñador de la historia de la salvación. En la liturgia antigua se traducía: “¡En la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” En tanto que una traducción literal diría: “Paz a los hombres de la buena voluntad” o del “beneplácito”. La Biblia se escribió en lenguaje antiguo; por lo cual, prefiero: “¡En la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”. Significa que el nacimiento de Cristo, el Señor, es la sublime manifestación de la buena voluntad de Dios Padre hacia el hombre, que produciría un resultado nunca visto: “la paz en la tierra”, mediante el plan de redención.
El cántico de la hueste angelical en los campos de Belén, conocido por su titulo latino “In Gloris Excelsis”, produce la proclamación: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc. 2:14). Según connotados eruditos, este cántico fija el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, en una época cuando había paz universal en todo el mundo. La clausura del templo de Jano, dios romano de la guerra, en la época de Augusto César, el cual se cerró en el 725 y 729 de la fundación de Roma, y se pretendió cerrarlo en el 744; pero, se demoró la clausura, a causa de la lucha entre los dacios y los dálmatas. No obstante, connotados eruditos dicen, con certeza, que en el mundo greco romano hubo un silencio en el estrépito de la guerra desde el 746 hasta 752 de la fundación de Roma, la llamada Pax romana, en cuyo espacio de tiempo nació Jesús. Según C. Turner, si se pudiese arriesgar una opinión, ésta sería que el nacimiento de Cristo ocurrió en el verano o a principios del otoño del 749 o 748 de la fundación de Roma. Esto es, 5 ó 6 a.C., como el año probable del nacimiento de Jesús. En cuanto al día, Mcclellan se inclina a favor del 25 de diciembre, pero sus argumentos no son convincentes; porque, el viaje de 150 Km. desde Nazaret a Bethlebem, difícilmente había sido hecho por José y María durante el invierno, la estación de las lluvias. En tanto que, los antiguos, señalaron varios días para el nacimiento de Jesús: 5 de enero, 20 de abril y 20 de mayo. Tertuliano y otros llegaron a decir que el Hijo de Dios nació el 25 de diciembre. Colegimos con la alta erudición que Jesús nació entre la 1ra. Quincena de agosto y la 2da. Quincena de octubre del 749 ó 748 de la fundación de Roma, en el corto periodo de la absoluta Pax Romana.

EL NUN DIMITTIS
La ley mandaba que, 40 días después del alumbramiento de un niño, y 80 días si se trataba de una niña, las madres hebreas se presentasen en el templo de Jerusalén, para ser purificadas de la impureza legal que habían contraído, en la cual las recién paridas no podían tocar ningún objeto sagrado, ni pisar un lugar de culto. María de Nazaret, ofreció el sacrificio de dos palomas en el ritual levítico de las purificaciones; y, luego, ofreció el precio de rescate por su niño primogénito, que era de cinco ciclos de plata. (Ex.13:1-6 y Lc. 2:21-24).

He aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado, por el Espíritu Santo, que no vería la muerte, antes que viese al Ungido del Señor. Y movido por el Espíritu vino al templo; y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo para hacer con él conforme al rito de la ley, Simeón le tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra, porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc. 2:25-32). El evangelista Lucas ofrece detalles de Simeón, muy coherente con la espiritualidad de muchos judíos de la época. Señala tres aspectos claves de Simeón: era hombre justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él (Lc. 2:25). Y la expresión capital del pasaje; le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte, antes de ver al Ungido del Señor (Lc. 2:26). Expresión, muy representativa del judaísmo contemporáneo, alusiva a Cristo. Simeón era un envejeciente, el estereotipo del verdadero anciano que vive la esperanza. Fulton Sheen dice que era como un centinela al que Dios hubiera enviado, para vigilar la aparición de la luz.

El cántico profético de Simeón, conocido en los ámbitos de la teología técnica como Nun Dimittis, fue proclamado cuando el anciano tomó el niño Rey en sus brazos en el templo de Jerusalén, y bendijo a Dios con este himno dicho en prosa. En (Lc. 2:29-30): primero: ruega ser despedido en paz, porque sus ojos han visto la salvación de Yaweh (Lc. 2:31); segundo: la cual ha sido preparada por él en presencia y beneficio de todos los pueblos (Lc. 2:32); y, tercero: aludiendo al Mesías, dice que es luz para revelación a los gentiles, “para los paganos”, y la gloria de pueblo de Israel. Simeón dijo a María de Nazaret, refiriéndose al niño Rey: he aquí que este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (Lc. 2:34), palabra profética que se cumplió en el ministerio publico de Jesús de Nazaret y en la historia posterior. Y de María dice: “y una espada traspasará tus misma alma”, para que sean revelados los pensamiento de muchos corazones (Lc. 2:35). Alude a la profunda tristeza que sentirá María por la muerte de cruz del naciente Hijo de Dios, hecho que hará manifiesta la fe de muchos en él, y el rechazo de otros a su obra redentora.

Ana, la profetisa, hija de Famuel de la tribu de Aser, viuda desde hacía 84 años, una mujer de profunda devoción, se presentó en la misma hora, y daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén (Lc.1:36-38).

REFLEXION FINAL
En los cánticos proféticos de la natividad del Señor, los protagonistas declaran palabras testimoniales en torno al niño Rey. María de Nazaret, la madre de su humanidad, lo denominó Misericordia (Lc. 1:54); Zacarías, lo denominó Poderoso Salvador (Lc. 1:69); las huestes celestiales, por su presencia entre los hombres, proclamaron gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz (Lc. 2:14); Simeón, lo designó luz para revelación (Lc. 2:32), y Ana, lo alabó como el Redentor (Lc. 2:38). Resta que valoremos profundamente el amor de Dios manifestado en Cristo. Él nació para darnos una nueva forma de vivir. Con su muerte de cruz y resurrección venció a Satanás y los poderes de la oscuridad. Recíbelo como Salvador personal y tendrás su presencia en ti, y el don inigualable de la vida eterna. Dios te bendiga.

Pastor Luis A. Reyes
Santo Domingo, Republica Dominicana
Iglesia Jesucristo Fuente de Amor
809.620.1360
Jfacentral@gmail.com

Posted on January 9, 2014, in Artículos. Bookmark the permalink. Leave a comment.

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