EL CIELO CITA EN BELÉN

 

Belén viene del término hebreo Bethlehem que significa “casa de pan”. Ubicada a 8 Kms. al suroeste de Jerusalén, tiene una historia de ensueño en la historia de la salvación. El libro de Rut se desarrolló en la región de Belén, historia que desencadenó los acontecimientos en torno al hogar de David y el sitio donde fue ungido (1ro. Sam. 16:1-13). Fue eternizada cuando el Mesías vino a nacer en esta aldea de Judá, conforme a la palabra profética de Miqueas: “pero tu Belén efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Miq. 5:2). Indica que el Mesías, al igual que David, iba a nacer en Belén y no en Jerusalén, hecho aseverado en los evangelios sinópticos (Mat. 2:1-12), (Lucas 2:4-20). En Belén el infinito se hizo finito, la eternidad entró en el tiempo, el eterno entró en la temporalidad de los hombres. En Belén el cielo besó la tierra, con beso de sobrenaturalidad, amor, ternura y paz. El hijo eterno, el Príncipe del Reino dejó su trono para venir a Belén a nacer, como lo anunció el profeta evangélico: Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. (Is. 9:6). La atención del cielo se concentró en Belén, el Padre la constituyó en habitación de convergencia de ángeles y hombres: María y José, ángeles del Reino, pastores que guardaban vigilia y los sabios del oriente.

 

Cuando Dios interviene en la historia humana, el cielo se une con la tierra, hay manifestación de ángeles de luz y movimiento de gente (Lc. 2:9-14), es activada atmósfera de sobrenaturalidad. En Belén nació el amor, nació la vida, y la salvación para los pueblos en oscuridad, nació Jesús. No fue el hombre quien se hizo Dios como idealiza la insensatez humana, sino que Dios se hizo hombre como lo predice Isaías: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel. “Esto es: Dios con nosotros” (Is. 7:14). Siguiendo la cristología de Juan citamos: “y aquel verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

 

DE MARIA Y JOSÉ

María de Nazaret fue una campesina devota que en su adolescencia fue elegida por Dios para traer al mundo a Jesús, el Mesías profético. José, su prometido, fue un joven carpintero que, según investigaciones recientes, fue de Judea a Nazaret con el fin de laborar en su profesión. Ambos eran de la descendencia Real de David. (Lc. 3:23-28). Por un edicto romano fueron de Nazaret a Belén a ser censados y María dio a luz a Jesús en una cueva, porque no había lugar en el mesón, donde los peregrinos guardaban los animales. La cultura sagrada había preparado el escenario de cumplimiento profético para el unigénito del padre, y la providencia divina el idioma griego que se constituyó en sublime expresión para contar la más bella historia de amor de todos los tiempos.

 

La injusticia de la época tenia en el trono de Israel a Herodes el grande, un idumeo que se constituyó en un Rey impostor en Israel, lo que motivó que los descendientes de David fueran privados del legitimo derecho al trono. Por tal razón, al nacer Jesús, el Mesías Rey de la estirpe de David, reclamaría con autoridad sus derechos legales a ocupar el trono de David, hecho que se convertirá en realidad en su segunda venida a reinar a Israel y las naciones de la tierra. (Ap. 20:1-10).

 

 

DE LOS ÁNGELES

Son espíritus ministradores al servicio de los que han creído (Heb. 1:14). Ejecutan las órdenes de Dios y están activos en las grandes intervenciones del Soberano en la historia humana. En Belén sirvieron como mensajeros de paz que con voz profética, anunciaron la natividad del Señor.

 

Gabriel le dijo a Maria: y ahora concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado hijo del Altísimo; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre; y su reino no tendrá fin” (Lc. 1:31-32). “Y he aquí, se les presentó a los pastores un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeo de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: no temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor (Lc. 2:9-11), y repentinamente, apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!

 

Los ángeles cantaron el cántico In Gloris Excelsis (Lc. 2:13-14), (el cántico de la Excelsa Gloria), que comprende la esencia del mensaje evangélico: que el nacimiento de Cristo el Señor, produciría gloria a Dios en las alturas, paz en la tierra y buena voluntad de Dios para con los hombres.

 

DE LOS PASTORES

Usualmente los pastores de ovejas de la cultura sagrada eran asalariados, cuidaban ovejas de hacendados, nobles y las de la elite religiosa del templo destinada para los sacrificios rituales. Por tanto, tenían poco tiempo libre que dedicaban a sus familias. Por lo cual, tenían una vida espiritual muy pobre. Por esta razón, eran tenidos por profanos e infieles por los líderes religiosos de la época. Cuando unos cuantos de ellos velaban en la región de Belén y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño, Dios los eligió para anunciarle el nacimiento del Mesías a través de su ángel y luego, las huestes angelicales cantaron el cántico de la excelsa gloria, hermosura de belleza sobrenatural que no fue escuchada en la corte palaciega del malvado Herodes, ni en las fiestas paganas de la nobleza romana, sino por los humildes pastores de los campos de Belén. (Lc. 2:8-20). Los cuales fueron al pesebre y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. Todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores decían y estos volvieron glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho. (Lc. 2:17-18 y 20). Pasaron de inconsagrados a instrumentos proféticos del niño Rey.

 

Dios celebró el nacimiento de su hijo amado avisando a los humildes para que fueran al pesebre, como fue el ministerio público de Cristo, a favor de los rechazados y marginados. La invitación a los pastores a adorarle es declaración profética que revela su ministerio de Buen Pastor (Juan 10:11), y de archipoimen, palabra griega que se traduce: príncipe de los pastores en (1 Pedro 5:4). También revela su destino profético como Cordero de Dios (Juan 1:29). Un cordero es una oveja macho de menos de un año. Jesús es la oveja de la expiación eterna (Is. 53:7).

 

 

 

 

DE LOS SABIOS DEL ORIENTE

Por los regalos que trajeron al niño Rey, oro, incienso y mirra, connotados eruditos consideran que los sabios del oriente procedían de Persia, actual territorio del Irán moderno. Eran gentiles de religión zoroatrista, estudiosos de astronomía y de toda clase de fenómenos astrales, Dios, en su amor, le revelo el conocimiento del Mesías Rey que nacería en Judea (Mat. 2:1-12). Usó de manera sobrenatural la estrella que guió su camino y le condujo a Jerusalén, luego por la orientación de los rabinos del lugar de nacimiento profetizado por Miqueas que nacería en Belén de Judea (Miq. 5:2 y Mat. 2:5-6). Fueron a los pies de Jesús y le ofrecieron adoración, dones y regalos. Figura que apunta al llamamiento de las naciones gentiles a Cristo.

 

Las sabios del oriente vinieron a Belén a adorar a Cristo, no a Maria, ni a José (Mat. 2:11). Todo hombre debe acercarse a él para adorarle y reconocer su señorío. El hecho de que los sabios le ofrecieron oro, incienso y mirra significa que no se puede llegar ante el Rey con las manos vacías, tenemos que rendirnos y ofrecerle lo mejor de nosotros (Mat. 2:11). El Oro es el metal noble que separa a Dios de los hombres y simboliza la realeza del Hijo de Dios, su majestad y soberanía, el Incienso: simboliza la consagración de su ministerio como sumo sacerdote según el orden de Melquisedec, y la Mirra: habla de su destino profético como cordero de Dios. (Juan 1:29).

 

Desde una mirada humana en el oro está lo mas puro del hombre, lo mejor de nosotros para ofrecerlo al Señor de nuestros corazones. En el Incienso está la expresión de fe y adoración que solo al Señor corresponde, y en la Mirra está nuestro amor, sacrificio, devoción y humillación al Señor y a su obra. (Mat. 2:11).

 

REFLECCIÓN FINAL

La natividad del Señor en Belén, es la fiesta y el regocijo del espíritu humano, la sublime manifestación de la esperanza eterna, el anhelo mas profundo del corazón humano, el cumplimiento de la expectativa mas deseada del alma en soledad. De gran tristeza es que muchos celebren la natividad del señor con fiestas carnales insatisfactorias que dejan el espíritu seco y el corazón vacío. Aferrándose al espíritu de la navidad que comprende frugalidad, impronta simpleza, superficialidad y el carácter extemporáneo de lo externo que se aleja de la autentica espiritualidad.

 

La fiesta de los sentidos esta a mucha distancia de la cita a la que el cielo convoco en la aldea de Belén, porque la presencia de Cristo entre los hombres es salvación, paz, gozo, comprensión y esperanza eterna. Si quieres experimentar la esencia de la natividad del Señor, abre tu corazón y recíbelo como único y suficiente salvador personal, porque el ya no es un niño, hace XX siglos que prometió volver por su pueblo, en este siglo XXI los cristianos seguimos proclamando su regreso a establecer el reino que le pertenece como descendiente de la estirpe de David. Maranatha, el Señor Viene!!

 

IGLESIA JESUCRISTO FUENTE DE AMOR

Pastor Luis Alberto Reyes

jfacentral@gmail.com

809.620.1360

 

 

Posted on July 1, 2013, in Artículos. Bookmark the permalink. Leave a comment.

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